Laíto Sureda, La importancia de irse con las botas puestas

Por René Espí

"La vida es un cataclismo/ de incertidumbres y pena/ por eso las almas buenas/ van de cabeza al abismo...".





A pesar de los oscuros vaticinios que encierran estas décimas, musicalmente conectaron dos importantes etapas en la carrera artística de un gran cantante cienfueguero: Estanislao ‘Laíto’ Sureda. La primera vez, cuando los introdujo en la guajira de Rosendo Ruiz Suárez: ‘Junto a un cañaveral’, y la segunda, en el ocaso de su vida, expirando la década de los noventa, cuando grabó el bolero-son de Titi Amadeo: ‘Idilio’. A sus ochenta y tantos años volvía a estremecer la geografía musical cubana con algunos de los boleros, sones, montunos y guarachas que interpretó con éxito en su juventud. De auténtica raíz sonera, matizado su canto por una entonación a ratos imperfecta, endeble, y otras sorprendentemente potente, Laíto Sureda tuvo la suerte de acudir a la cita de los consagrados finalizando el siglo XX, para repetir el sabroso milagro del son en todo su esplendor y despedirse con las botas muy bien puestas.


Nacido en La Juanita, uno de los barrios más populares de Cienfuegos, llegó a este mundo el 7 de mayo de 1914 en un entorno familiar bien humilde, sin otra fortuna que una marcada inclinación a la música.
En los años veinte cienfuegueros el son se escuchaba en las voces de los más veteranos trovadores. Muchos de ellos no alcanzan la maravilla del disco fonográfico pero en infinidad de ‘tocatas’ van dejando su más preciado legado a jóvenes promesas como Marcelino Guerra, Roberto Espí, Paulina Alvarez, Rafael Ortiz y el propio Laíto.


Llegan los años treinta con nuevas sonoridades y agrupaciones disputándose el favor del bailador. Son tiempos difíciles donde abundan música, rumba y descarga, pero es poca la "jama" y, ni corto ni perezoso (que Laíto nunca se avino a estos términos), continuando el camino marcado por muchos de sus contemporáneos, abandona el terruño buscando ambiente y fortuna, y nada como trasladarse a La Habana para intentar dar con ellos.

Cuando llega el guajirito a la capital, cargado de sueños y resuelto a triunfar, corre el año 1944 y "la cosa" (término que más de una vez ha servido en la Isla para describir situaciones económicas, sociales y políticas casi siempre adversas) no está nada bien. Los efectos de la segunda guerra mundial, sumados a la corrupción administrativa del momento, se hacen sentir, agudizando al máximo una situación económica muy difícil donde los más afectados -como siempre- son los más humildes. El descontento popular es grande, y musicalmente el "mambo" está muy duro. La competencia es atroz, sobre todo para los novatos, en una ciudad donde coexisten innumerables agrupaciones y cantantes luchando todos por imponer su arte. A pesar de los contratiempos -indudablemente nació tocado por la buena estrella- muy pronto consigue incorporarse a ese increíble ambiente musical citadino, pleno de sitios de afluencia pública, donde se baila hasta el amanecer.



En medio del esplendor de la era de los conjuntos prueba ser una de las voces predestinadas del progresivo formato que regentan los conjuntos de Arsenio Rodríguez, la ‘Sonora Matancera’ y el ‘Casino’. En 1946 ingresa al exitoso ‘Kubavana’ completando su trilogía vocal con los cantantes Alberto Ruiz (director) y Orlando Vallejo consiguiendo grabar los primeros discos para el sello RCA Victor. A finales de la década del cuarenta, junto a Vallejo y el guitarrista matancero Senén Suárez, se une al conjunto ‘Montecarlo’ de Ernesto Grenet con el que continúa grabando para el sello cubano Panart. Influenciado en los primeros tiempos por el gran Miguelito Valdés, va conformando su propio estilo, sobre todo en géneros como la guaracha, la rumba, el guaguancó, y el bolero.

Comienza la prodigiosa década del cincuenta con buenos augurios: el 15 de diciembre de 1950, el compositor y guitarrista Senén Suárez pasa a dirigir el conjunto de Ernesto Grenet bautizándolo con su nombre. Con el nuevo proyecto liderado por Senén, pasa al show del distinguido cabaret ‘Tropicana’ y en 1954 efectúa varias grabaciones para el recién estrenado sello Puchito, de Jesús Gorís. Su estilo por ese entonces comienza a ser bien conocido y los discos circulan en radios, tiendas especializadas y, por supuesto, las vitrolas, dueñas y señoras del ambiente popular.

Cuando parece que el cantante casi ha logrado su objetivo otra gran oportunidad le llega, a mediados de 1954, cuando Rogelio Martínez lo llama para unirse a su exitoso conjunto ‘Sonora Matancera’. Con la cofradía Matancera coloca sonadísimos éxitos: ‘Cañonazos’, ‘Idilio’, ‘Cualquiera resbala y cae’, ‘Nocturnando’, ‘Yambú pa'gozar’, ‘En el bajío’ (excelentísimo dúo con Celia Cruz), entre muchos otros que se escuchan por esa época, editados por el sello comercial Seeco. Así y todo en 1955 pone fin a esta experiencia y permanece fugazmente en la orquesta ‘América’ con la que llega a grabar una inolvidable versión del chachachá de su director Ninón Mondéjar: ‘Yo no camino más’. Luego, hacia finales de ese año, en una estancia de varios meses, completa las voces del conjunto ‘Casino’, grabando con el coro de Faz, Rolito y Espí, la guajira de Rosendo Ruiz Suárez: ‘Junto a un cañaveral’. En enero de 1956, cuando Roberto Faz decide separarse del Casino y fundar su propia agrupación, Laíto es uno de sus seguidores, pero, siempre inquieto, se mantiene con Faz el tiempo que dura la primera versión del conjunto; unas semanas después reingresa en la agrupación de sus primeros éxitos: el conjunto de Senén Suárez. Con el combo de Senén Suárez se mantiene hasta bien entrada la década del ochenta cuando decide retirarse.




El 8 de septiembre de 1999, a los 85 años, moría Laíto Sureda en La Habana, la ciudad que le abrió las puertas en 1944, y donde demostró, hasta el final de sus días, estar en pleno goce de facultades. Emulando la proeza de Abelardo Barroso, luego de años en silencio, resucitó maravillosamente acompañado por un conjunto reducido (lo que muchos han dado en llamar "sonora") recolocando algunos de sus éxitos de los cincuenta. Su magisterio y sabiduría le permitieron "empezar a vivir" a los ochenta y tantos años. La buena música no tiene edad, Laíto lo demostró con creces.

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